LA AMARGURA DE MALALA

Mientras que, en horas de clase, un carnal de doce años en alguna oculta calle de Madrid enrolla un poco de hachís con tabaco con otros dos colegas, una niña de 14 años recibe un balazo en la cabeza por haber asistido al colegio.


La historia es la siguiente. Durante un tiempo, Malala Yousafzai, con escasos trece años, escribió un blog para la BBC en el que relataba las peripecias que tenía que sufrir para recibir educación en Pakistán. Pero eso de convertirse en un estandarte de los derechos de las mujeres no gustó nada a un grupo de activistas radicales y decidieron que la solución óptima era pegar un tiro en la cabeza a Malala. Como comprenderás, estimado lector, la historia tiene su intríngulis: al recibir un disparo y sobrevivir, Malala se transformó en algo así como el niño que vivió (en una especie de Harry Potter). Se convirtió en la encarnación del ideal del estudiante occidental.


Por supuesto no faltó la típica columna de opinión, del típico columnista iluminado, que achacó el atentado de Malala al “fanatismo religioso que tanto daño hace a la sociedad, y que tanta violencia provoca”. En un achaque de sentimiento, nuestro clarividente columnista no dudó en elevar a Malala a la categoría de mártir de los ideales de occidente.


Si nuestra sociedad occidental fuera justa, la BBC, por haber permitido que Malala escribiera el blog -y con ello haber puesto en riesgo su vida-, tendría que pagar a Malala y a su familia una renta de por vida para que pudiera estudiar en Londres. Así, Malala podría estudiar en un instituto occidental, llegar a la universidad, graduarse y conseguir un trabajo medianamente remunerado para poder aburrirse de lo lindo. Y, al cabo de un tiempo, amargarse, con su reluciente vida occidental.


Si nuestra sociedad occidental fuera justa, Malala podría comprobar, con el estómago repleto, que el cielo no es en realidad el cielo. Que aquí en occidente también tenemos problemas y que no es que se esté mejor, sino que la injusticia se revela de otro modo. Malala podrá ser testigo de la fatiga vital en los ojos de las personas que viajan en el metro; de la disparada tasa de suicidios, y de fracasos matrimoniales; de los millones de suicidios anuales; de la trata de blancas, del narcotráfico…


Pero quizá lo que más contribuiría a la amargura de Malala sería el caer en la cuenta de la realidad del sistema educativo que plantea occidente. Comprobaría con desazón como en el informe PISA, elaborado por occidentales, oriente lleva la delantera. Y si profundizara más, comprobaría que tampoco en occidente se educa a las personas para que algún día alcancen la calidad moral de un mártir, o por lo menos de un héroe. Esto ya no es así.

Ahora lo que se lleva es ser escrupulosamente neutro en temas éticos. Por mor de la libertad, lo que se lleva es enseñar a los morros que saltarse clase para fumarse un porro no está ni bien ni mal hasta que ellos lo decidan. Lo que se lleva son las matemáticas porque esas no dicen nada del bien o del mal. En occidente hay que aprender lo necesario para aprender a trabajar, pero no lo suficiente como para quejarse, o plantearse si,en realidad, nuestras acciones pueden ser buenas o malas. Todo pulcramente regulado y estipulado por la OCDE.


Hemos convertido a Malala en mártir de un planteamiento educativo decadente, calado hasta los huesos de relativismo en el que la dignidad humana queda desfigurada. Y después lo ponemos en la portada de nuestros periódicos, nos damos palmaditas en la espalda y nos felicitamos por no ser fanáticos retrógrados.


Afortunadamente, Malala tiene posibilidades de escapar de este panorama. Sus padres, que bastante bien lo han hecho de momento, podrán seguir educando a Malala. Podrán seguir enseñándola a distinguir entre lo justo y lo injusto y su familia no tendrá que sufrir la intervención de un organismo central, a través de, por ejemplo, asignaturas del calibre de “Educación para la Ciudadanía”.


Mientras tanto, este incidente podrá servirnos para reflexionar y darnos cuenta de la importancia que tiene hacernos responsables de la educación de nuestros hijos. Quizá a raíz de este suceso podríamos percatarnos de que, para poder educar a nuestros hijos, primero tenemos que estar “educados” nosotros, porque si lo estuviéramos, no pensaríamos que es suficiente con enviar a nuestros niños a la escuela. Y nos daríamos cuenta de que la principal educación viene del ejemplo, que está íntimamente relacionado con la moralidad.


Quizá Malala, la mártir, pueda recordarnos que educar para el bienestar material es un sofisma terrible, y que si lo hacemos así es porque confundimos bienestar con felicidad. Quizá Malala  y su familia puedan servir para recordar que en realidad los seres humanos debemos ser educados para la libertad, para saber qué hacer con ella, para saber cómo hacer de nuestra vida una vida gloriosa. Como la de Malala.

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